No sabía como empezar, Anna, Andrés y yo decidimos repentinamente ir a Yécora, un pequeño pueblo entre las montañas de la sierra madre en Sonora, es el pueblo natal de Anna. No empaque muchas cosas, un cambio de ropa, una navaja y un batón. Decidimos simplemente tomar un autobús urbano hacia las afueras de la ciudad donde estudiábamos, Hermosillo, a 5 horas de Yécora. El plan era pedir aventón hasta nuestro destino, pero no teníamos ni idea de como hacerlo así que solo empecé a sacar el pulgar a un lado de la carretera... no estaba funcionando.
En un golpe de suerte el conductor de un camión de remolque se detuvo a orillas de la carretera, emocionado corrí a la puerta del copiloto para decirle nuestro destino, el pequeño hombre de unos 50 años y cabello alborotado y canoso se bajó del camión y sin dirigir palabra se dirigió al puesto de tacos que estaba detrás de nosotros y que inexpertamente habíamos ignorado. Debo admitir que perdí las esperanzas, llevábamos intentándolo al menos 4 horas, fue tentador solo regresar a la estación de autobuses y comprar un pasaje. Después de unos minutos el hombre del camión regresó y preguntó hacia donde íbamos, no podía creer nuestra suerte, habíamos conseguido nuestro primer aventón.
El hombre se llamaba Chava, oriundo de algún lugar del centro del país, definitivamente "chilango". Considerándome yo mismo el líder de nuestra campaña por ser ligeramente más fuerte y ágil, me senté en el asiento del copiloto y mis amigos en el amplio compartimento de atrás (para aquellos que nunca han estado dentro de un camión de remolque, suelen tener un camarote equipado con cama, televisión, minibar y otras comodidades).
Estábamos en camino, calculamos que en unas cuantas horas estaríamos en el pueblo. Chava se detuvo un par de kilómetros adelante para cargar combustible, un tapón demasiado apretado y un gran tanque hicieron que este proceso fuera un poco mas tardado que en un automóvil regular, pero nada de que preocuparse.
Platicando con Chava, nos enteramos que el remolque iba vacío y tenia que detenerse un par de poblados mas adelante para cargarlo de carbón, en sus palabras, debería de tomar una media hora; nos dio la opción de dejarnos en la carretera si teníamos prisa, pero media hora no era mucho tiempo y acordamos que probablemente nos tomaría más tiempo conseguir otro aventón, así que le acompañamos a cargar el remolque. La ubicación de la zona de carga estaba muy adentrada en el desierto en medio de la nada, unos kilómetros antes de un pueblo llamado Tecoripa. Chava acomodó el camión par facilitar la carga y esperamos a los hombres que lo cargarían... esperamos media hora y nadie llegó.
Nos entretuvimos en platicas, un cubo rubik de Andrés, un pequeño recorrido a Tecoripa en el camión (sin el remolque) para comer algo, que bien lo invito Chava y viendo atardecer... caímos en cuenta, estábamos viendo atardecer lo que significaba que habían pasado al menos 4 horas más. Supuse que pedir aventón a esa hora seria fútil (si lo es) y no nos quedó de otra más que seguir esperando, una hora más tarde, ya completamente oscuro llegó el gran séquito de personas que cargarían el remolque... tres. Cabe destacar que la carga era solo la mitad del remolque así que solo eran 5 toneladas de carbón que esos 3 hombres tenían que cargar. Nos pidieron ayuda y fue imposible negarse, ya estábamos desesperados y queríamos irnos; solo Andrés y yo fuimos requeridos. Nos armamos de valor y nos pusimos a cargar bolsas de carbón que tenían quizás varios días en el mismo lugar, en medio del desierto y en la oscuridad. Cada bolsa que levantábamos estaba cargada de mitad de carbón y la otra mitad de escorpiones, tarántulas, reptiles y roedores; fue peor para Andrés por que llevaba solo sandalias.
Nos tomó quizás una hora terminar, al final eramos la viva imagen de los mineros de carbón del siglo pasado, nos limpiamos lo mejor que pudimos y emprendimos el viaje de nuevo. Chava nos dijo que la segunda parte de la carga sería en Onavas, un pueblo precisamente a la mitad del camino hacia nuestro destino. Deben haber sido cerca de las 7 de la noche y Onavas estaba aún a hora y media.
En la desértica carretera, la desviación hacía el pueblo era un camino de tierra en construcción por el cuál el camión batallaba por superar, había varios desvíos dentro del desvío, un tramo que debió tomar 20 minutos se estaba volviendo de mas de una hora y parecía que solo dábamos vueltas en el mismo lugar. Chava notó en uno de los cerros una luz que flotaba y parecía seguirnos así que le pareció buena idea contarnos que había escuchado de brujas, sí, brujas, que hacían que los conductores anduvieran en círculos haciendo que se perdieran. Nos detuvimos para evaluar la situación, por necesidad y por miedo.
Decidimos inspeccionar el camino a pie y con un par de lamparas. Al sentirme responsable de la seguridad de mi séquito tomé el batón y me baje del camión junto con Chava. El camino parecía desvanecerse sutilmente y transformarse en un páramo rocoso imposible de transitar, era parecido al cauce de un río seco y no era conveniente siquiera intentar seguir así que regresamos al camión y pasamos la noche. me recosté en el asiento del copiloto e intenté dormir... tenia paranoia y me preocupaba la seguridad de Anna y Andrés, no pude dormir esa noche.
A la primera luz del día seguimos nuestro recorrido, el camino estaba claro y era obvio por donde seguía y en cuestión de minutos estábamos en el nuevo pueblo esperando a los cargadores de la segunda parte del carbón que tendríamos que esperar un par de horas. Esta vez la ventaja era que de hecho había un pueblo y podíamos entretenernos caminando por ahí; quizás era la luz de la mañana, pero se veía completamente hermoso, el lugar donde dejamos el camión estaba en las orillas del pueblo rodeado de colinas, pasto y unos árboles iluminados por la tenue luz de la mañana, en dirección al pueblo estaban las ruinas de una iglesia de piedra y en esa dirección caminamos.
Era un pequeño pueblo que parecía habitado solo por ancianos sentados en los portales tomando café, platicando y sin ser muy curiosos por los jóvenes caminando al amanecer por su pueblo. No había nada abierto para comprar comida que era nuestra misión así que regresamos al camión que ya estaba casi completamente cargado, en un par de minutos ya estábamos de vuelta en el camino original y a unas tres horas del destino final.
El camino fue en su gran parte un recorrido tranquilo con unas cuantas paradas para que Chava tomará fotos y para mostrarle a Anna como conducir un camión de remolque, que por cierto no es nada fácil pero lo manejo como profesional.
Durante todo el viaje la madre de Anna se estuvo comunicando con ella para saber en donde estábamos, pues ya les había avisado que íbamos en camino sin tener en cuenta que el camino nos llevaría más de 4 veces el tiempo normal. Aunque Anna logró actualizar nuestra posición con su madre unas cuantas veces y la situación en la que nos encontrábamos, las baterías de los celulares no duraban tanto tiempo y en la noche de las brujas todos estábamos ya sin carga y sin manera de comunicarse, lo cuál tenía a Chava estresado de sobremanera.
Al llegar a Yécora Chava nos despidió agridulce-mente pues estaba triste de quedarse sin compañía pero feliz de no estar preocupado por la madre de Anna. Prometió ponerse en contacto para compartir las fotos que había tomado con su vieja cámara digital.
Con Chava alejándose entre las montañas entramos al pueblo, las calles rodeadas por casas de adobe y puertas y ventanas de madera que se cerraban al tiempo que nos adentrábamos más; nuestra primera impresión fue la un pueblo fantasma sin mucho afecto por los extranjeros. Unos metros adelante estaba la casa de Anna, una pequeña casita entre azul y verde que daba todo el aire de ser del campo.
La recepción no fue dulce, la madre de Anna había preocupado a gran parte del pueblo por el hecho de que nunca habíamos llegado y ya habían transcurrido 36 horas aproximadamente, en ese momento no se encontraba por que había estado recorriendo la carretera buscándonos en zanjas y barrancos. La familia de Anna no podía dejar de gritarle lo irresponsable que había sido, mientras tanto Andrés y yo nos quedamos en el portal completamente avergonzados hasta que nos llamaron y asumimos toda la culpa. Unos minutos después el enojo y frustración dio lugar al alivio y nos invitaron a desayunar.
Recorrimos el pueblo con el poco tiempo que nos quedaba, resultó ser un lugar más vívido que lo que inicialmente nos dio la impresión, al día siguiente partíamos temprano en un aventón que alguien más nos facilitó así que nos fuimos a dormir temprano, nos fuimos en una camioneta pick up cuyo conductor manejaba a velocidades impresionantes, en tres horas estábamos de vuelta en Hermosillo.
Estos eventos sucedieron entre el día de brujas y el día de muertos del 2008